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Demanda de análisis

Para poder transformar una demanda de significación en una demanda de saber es necesario que el analizante se interese por cuestionar la manera en que goza de su inconsciente.

Para quienes no están familiarizados con el psicoanálisis, pueden llegar a confundir como equivalentes la atención brindada por un psicólogo con la que brinda un psicoanalista. En definitiva, no son lo mismo. Quizás por falta de información veraz sobre lo que el psicoanálisis es en realidad, muchos creen que en la elección de un tratamiento resulta indistinto el profesional hacia el que dirigen su demanda.

El uso excesivo y, quizás hasta indiscriminado de términos psicológicos que coadyuven a un diagnóstico, lo único que acercaría, por ejemplo, es un escenario congelado, mortal. Así, todo queda dicho por lo que se “entiende” de una etiqueta diagnóstica, sin escuchar en verdad el discurso del paciente (no analizante).

El psicoanálisis, en cuanto al padecer de cada uno de los sujetos que buscan aliviar su malestar, considera que el síntoma que les aqueja “habla” y, si ellos en su mortificación puede asumir su mensaje y pedir ayuda, es ahí donde inicia, a través de la vía fundamental de una confianza transferida al psicoanalista, un sendero no exento de escollos que a lo largo de los tiempos se ha formulado como: “conócete a ti mismo”.

Posiblemente, muchos podrán en seguida argumentar un poco escandalizados: “¿Cómo? Si yo me conozco a mi mismo y reflexiono sobre lo que me sucede”. Cuestión que no les vamos a debatir ni poner en duda, el punto es que de esa forma sólo van a alcanzar los elementos conscientes pero no van a lograr enfrentar solos las resistencias que el propio inconsciente alza en defensa de contenidos que no han podido ser digeridos en su momento y que se repiten en la trama de vida del sujeto buscando una respuesta.

Es ahí, donde a través de la fuerza irrefrenable de los síntomas, las inhibiciones que nos van empobreciendo el campo de acción que en la vida alcanzamos o de la angustia que nos paraliza, el poder alcanzar a iluminar, entre la balumba de recuerdos y afectos que no alcanzamos a enlazar con alguna representación, que la labor del psicoanalista por develar esa verdad subjetiva que el síntoma encierra se hace crucial.

Para empezar, la labor del psicoanalista requiere ser sustentada en años de entrenamiento, los cuales, buscan integrar la teoría, la técnica y, en especial, su propio análisis personal a su ejercicio profesional.

El trabajo que se realiza en el espacio de análisis personal del propio analista hará que conozca su psiquismo, disponiéndolo para ser capaz de escuchar su deseo y, con ello, habilitarse para escuchar el deseo de otro.

Así mismo, el analista que ha atravesado por su propio proceso de análisis, conocerá las fuerzas que se movilizan en el inconsciente y, cómo algunas de ellas, exigen hacerle frente a las resistencias del paciente que surgen cuando trata de acercarse a temas que, pese a que sean dolorosos, inconscientemente el sujeto no es capaz de resignar.

Ahora bien, al inicio de un tratamiento, es común que surjan una serie de preguntas por parte de los sujetos que buscan ayuda con respecto a ciertas circunstancias en las que las cosas no van como ellos esperarían.

Algunos, plantean una búsqueda de respuestas específicas para resolver lo que les sucede (“¿Cómo le hago con…?”“¿Qué me aconseja…?”“¿Cómo ve…?”“¿Qué debo hacer…?” “Me dijeron que viniera porque dicen que yo tengo/hago…”), esperando con ello una ayuda directiva para enfrentar su malestar o, incluso hasta una serie de “consejos” que les guíen en ese trance por el cual atraviesan. No sólo dejan de lado, que toda respuesta obtura la posibilidad de seguir pensando, sino que también bien estarían así dispuestos a que siga siendo Otro el dicte su vivir.

Ellos naufragarán en el intento de buscar ayuda en un psicoanálisis ante la imposibilidad de transformar esta exploración en una verdadera demanda de análisis, donde la búsqueda por conocer sobre su propio dolor y síntomas, sobre cómo funciona su inconsciente y el papel que ellos mismo desempeñan en ese libreto del cual se duelen, los cualesestán sabidos pero no pensados, tanto en cuestión de sus consecuencias como en la forma en que se ha venido tramando, enlazando en su propia historia de vida, quedando intactos y el sujeto en el mismo lugar que le ha deparado sufrir.

Una demanda de análisis, estará sostenida en los síntomas del sujeto, pero para que sea tal requiere de la presencia del analista, quien con su semblante despertará las asociaciones; las cuales, a través de las metáforas contenidas en las palabras del discurso del sujeto en análisis, mostrarán la multiplicidad de vértices con los que se enlazan.

La palabra, dormita anhelante, en el inconsciente de ambos: analizante y analista.

A través de este sendero, donde es posible en análisis escuchar la demanda con la que el sujeto se presenta, dará cuenta de la sintomatología en la cual se halla capturado; permitiendo así, paulatinamente, ir articulando el síntoma al saber por el que se interroga.

Al principio, este analizado hablará de su síntoma sin saber el contenido, el mensaje que en verdad encierra.

Otro escollo que es necesario considerar y que topamos de cotidiano en la praxis, es que una demanda de análisis, al inicio del tratamiento, por paradójico que suene, pese a que el analizante solicite ser aliviado de un síntoma, no forzosamente implica que esté listo o quiera renunciar, así sin más, al goce que este mismo síntoma le provee.

Es por ello, que el analista tendrá como su principal tarea la de convertir el síntoma en una queja dirigida al Otro. Labor que se desplegará cuando se instala la transferencia. Así, el síntoma estará al servicio de la cura.

Es necesario subrayar que, el hecho que el analizante quiera saber algo más sobre lo que le está pasando, implica un reconocimiento de estar en falta, de no saber lo que implica su pregunta por su deseo, reconociendo al Otro que lo acompañará por el serpentino sendero de una escucha no habitual, incluso, paradójica.

El analista, es situado entonces por el analizante en un campo imaginario (SSS), como poseedor de la verdad sobre la cual éste se interroga. Así, la demanda, ocupará un sitio mítico, el del oráculo donde todo podrá ser resuelto con las palabras que provengan de él.

Este es un momento muy delicado de todo análisis, puesto que un analista inexperto puede sucumbir a la tentación de ocupar en realidad ese lugar y terminar por “aconsejar” al paciente, dejando de lado lo que Lacan puntualizó sobre que el analista no es un “director de consciencia”. De caer en esto, no habrá análisis.

Si bien, no todo pedido va a comprometer a un analista, en los casos donde ésta se haga demanda, él propondrá al analizante un contrato (horarios, tiempos, frecuencia de sesiones, honorarios, asociación libre en el discurso del analizante, etc.), es decir una serie de reglas que permitan ser la constante de cada sesión; no nos sorprende considerar que el encuadre, muchas veces a lo largo del proceso psicoanalítico será transgredido, pero dicha transgresión mostrará algo que será necesario poner en palabras e integrarlo al discurso del analizante en análisis. Este “dar de qué hablar” ante la transgresión del encuadre no es casual, sino que habrá que interrogarse sobre el acontecer del analizante en ese momento del proceso que se expresa también en estas rupturas a la reglas.

El analista, tendrá en cuenta que la escucha que se brinda considera que entre significante y significado no hay una correspondencia unívoca. Así, no existe una lectura lineal, puesto que el significante expandirá su polifonía en donde el discurso presenta fallas, brechas, equívocos y será a través de estos como lograremos acceder al sujeto que es dicho mucho más allá de lo que él pretende decir.

A partir de este punto, el objeto acomenzará su eterna caída. Es justo en este lugar donde el sujeto se preguntará por su propio deseo.

Es necesario no perder de vista que, sea lo que sea que el analizante demande al analista, deberá “encontrarse” en él la metáfora que apunta al deseo siempre insatisfecho. De este desencuentro entre lo que se demanda y lo que se da, surgirá alguna verdad enunciada.

Es pertinente reconocer que un análisis no es una investigación histórica, ni al psicoanálisis sólo le importa el pasado. El pasado, se reactualiza en el presente por medio de la repetición de todo aquello que no logramos metabolizar, comprender y elaborar en su momento y que nos ocasionó un traumatismo (un evento de gran magnitud o muchos pequeños que, a lo largo del tiempo, nos provocaron una serie de heridas) en nuestro psiquismo. La escucha analítica, podrá empezar a partir de cualquier momento en la vida del analizante y a partir de cualquier tema que sea ese punto de urgencia para él.


La demanda de felicidad será sólo posible si enfrentamos ese sufrir enquistado en el tiempo, si enfrentamos el retorno de lo mismo que insiste.

Ahí hallaremos una pulsión (sentirse abandonada ante cualquier respuesta en la que le digan que no será como ella quiere) y el recuerdo (“…sin darme cuenta, mi carta de presentación era: <No tengo papá>”).

El trabajo en análisis por reconocer la bruma que los síntomas proveen para esconder la angustia que encierra la falta, admitirá la posibilidad de cambiar en algo las cosas, constituyéndose a su vez en un signo de que es viable hacer una nueva construcción del argumento que ha dado a su novela familiar.

Es por ello que la demanda de análisis está vinculada con el (re)encuentro con los subrogados de aquello perdido para siempre.

Es por lo anterior, que iniciar un psicoanálisis bien podría decirse que es un viaje para ir en búsqueda de uno mismo, en donde por vía de la palabra te permitas escuchar tu propia historia, sabida pero no pensada en cuestión del complejo tramado que encierra el inconsciente, en donde los síntomas se erigen como esas respuestas, no adecuadas, para evitar lo que nos duele y que paradójicamente nos hacen sufrir.
¿Cómo te cuentas hasta hoy tu propia historia?
Pero lo más importante de esto:
¿Qué papel desempeñas en ese libreto que se pone en escena una y otra vez, donde los “actores” pueden cambiar, pero los “personajes” son, detalles más o menos, siempre los mismos y, más aún, donde el final se repite?
Para el psicoanálisis, siempre será importante el caso por caso, esa individualidad única para cada sujeto y sus historias, lo que hace imposible formular una generalización; pero lo que sí es posible asegurar es que al final del recorrido, el analizante que se permita vivir su propio análisis, cosechará un cambio de posición en el cómo se juega el mismo ante la vida, un cambio que le faculte colocarse en un lugar que no sea tan costoso a nivel emocional.



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