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La escucha dentro del Psicoanálisis

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Es común escuchar la demanda, si bien variada en sus particularidades y acorde a la individualidad de cada uno de los analizantes que llegan a una primera entrevista con un psicoanalista, sobre la expectativa de la eliminación de los síntomas que les aquejan. Esto deja de manifiesto el mal entendido sobre lo que en verdad es un tratamiento, es decir, la aventura de autodescubrimiento que encierra un análisis; la confusión común entre "padecer", "síntomas" y "enfermedad", ocasionando así que se cree la expectativa sobre la <<eliminación>> de todo malestar, alimentando a la vez una falsa imagen sobre la curación.

El analista deberá ser una de las voces del inconsciente, el cual en gran medida, se dejará ver a través de sus efectos, si bien esos son los síntomas – no las causas –, estos se articulan por medio de la repetición, la pulsión de muerte y el goce. El analista deberá “usar” el síntoma para lograr que el fantasma se haga presente y, por medio del arduo trabajo de elaboración, buscar disipar el dolor inconsciente.

En palabras más llanas, un análisis no va a ser una intervención cosmética de la que sólo se consiga un cierto grado de bienestar, importante pero no duradero, paliativo más no resolutivo ante el padecer del analizante. Un psicoanálisis buscará hallar las verdaderas causas que hoy hacen al sujeto, interesado en su salud emocional, sufrir una y otra vez con los mismo elementos que se repiten en el tramado de su historia de vida.

Del inconsciente daremos cuenta por medio de sus efectos, eso son los síntomas (irritabilidad, tristeza, angustias, imposibilidad para mantener vínculos duraderos, imposibilidad para amar, etc), tan variados y complejos como la individualidad de cada uno de los sujetos.

Así del síntoma, es indispensable no “soltarlo”, “apaciguarlo” o buscar “resolverlo” de golpe, por ejemplo con respuestas inmediatas, prácticas o provenientes de una información parcial que sólo obture la posibilidad de seguir pensando, puesto que este será la punta de un hilo que conduce a toda la madeja, enmarañada, extraña y enigmática, que sólo a lo lejos alcanzamos a sospechar todo lo que puede encerrar.

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Las primeras pautas que nos dará esa “hebra conductora” (el síntoma), son elementos múltiples que van subrayando los aspectos que envuelve la repetición, donde poco a poco, sesión a sesión, observamos cómo, detalles más o menos, por ejemplo, las relaciones constantemente se vuelve frágiles; los celos sofocan todo intento de comunicación y se presentan en todos los vínculos; la falla en el control de los impulsos lleva a un sujeto a cada vez ser menos tolerante y enfrentar mayores problemas con la forma de enfadarse; cada vez que un vínculo se pierde, el dolor revive con mayor fuerza las pérdidas anteriores; cada vez la situación se vuelve más compleja y el sujeto sigue preso de ese “automatismo de repetición” (Lacan), del cual no sabe dar cuenta sobre aquello que lo somete a seguir en el mismo lugar.

El insistir del analista en colocarse como una voz de este inconsciente, permite acorde al tiempo, la forma en que funciona, por ejemplo, en esos vínculos que se arruinan y que paradójicamente, por desconcertante que suene, de cierta forma goza con este desenlace que le depara dolor.al momento en que el analizante esté listo para escuchar(se) en sus síntomas, el irle acercando ese material que le pertenece sobre su proceder, sobre la forma en cómo funciona y la causa que ha provocado que hoy se duela en su diario devenir.

Con estos señalamiento de parte del analista, poco a poco se logra hacer presente el fantasma, es decir, que en sesión se hace manifiesta la puesta en escena de ese deseo sobre el cual se ha hecho un gran esfuerzo para enmascararlo, sepultarlo, reprimirlo al considerarlo, conscientemente, como inaceptable para una parte del psiquismo del analizante.


A través del proceso psicoanalítico es posible “quitarle” la peligrosidad a los contenidos que censuramos y poder hacer con ellos una nueva construcción que sea propia para el analizante y no producto, por ejemplo:

• del silencio (propio y de los otros personajes que habitan su universo), del malentendido que puede pasar como un mandato – “sólo amarás a mamá” – de generación en generación dentro de una familia;

• de los eventos que produjeron una marca en su vida y que ahora concibe como la única forma de relación – “como me abandonaron una vez (y no lo recordaba), ahora jamás dejaré que separe de mi” –;

• de elementos que, en la realidad o en la fantasía, sintió que le han faltado y ahora se empeña en no moverse de lugar, a uno menos costoso a nivel emocional, como si con ello pudiera seguir esperando ser gratificado por eso que no consiguió en algún momento.

Así, el psicoanálisis abre la posibilidad de disipar ese dolor, por medio de develar el conocimiento sobre esa marca que ha quedado ahí y nos atrapa, como se mencionó, en la repetición. Abre la posibilidad de reconocer aquello que ha quedado en la historia de un sujeto como <<sabido pero no pensado>> para que al reconocerlo, pueda tener la posibilidad de elegir si en verdad quiere emanciparse de esto que lo ata y comenzar a construir una alternativa que le permita ser responsable de las causas de su padecer y de comenzar entonces a ver la vida con ojos propios. El primer paso es decidirse a iniciar un tratamiento para lograr hacernos cargo del aquello que nos afecta y nos hace padecer.


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